Por: *Emilio Gutiérrez Yance*
A la orilla del Canal del Dique, donde el agua avanza con la paciencia de los años y el viento arrastra historias antiguas, se levanta San Cristóbal. Un municipio tranquilo, de calles que guardan memoria y de rostros curtidos por el sol… y por la vida.
Allí, en ese rincón donde el tiempo suele caminar despacio, ocurrió algo distinto: los años dejaron de pesar.
La Policía Comunitaria tomó la iniciativa y convirtió una jornada cualquiera en una celebración de la vida. Convocaron a los adultos mayores del sector, esos abuelitos que han visto crecer generaciones enteras, y les regalaron algo que no siempre se encuentra: compañía, escucha y alegría.
Llegaron apoyados en bastones, en brazos de familiares o caminando con la dignidad de quien ha aprendido a resistir. Algunos con pasos tímidos, otros con esa picardía intacta que ni el tiempo logra borrar. Pero bastaron los primeros acordes de música para que todo cambiara.
Hubo baile —y no cualquier baile—, de ese que revive la juventud en las caderas y en la memoria. Abuelitas girando con sonrisas amplias, abuelos marcando el paso con elegancia, como si los años fueran apenas un rumor lejano. En un gesto que rompió distancias y protocolos, varios de ellos compartieron pista con las patrulleras, mezclando risas, pasos improvisados y una complicidad que solo nace cuando se baila sin prejuicios.
También hubo concursos que despertaron aplausos, bromas y ese espíritu juguetón que sigue vivo en ellos. Y en una esquina, entre fichas golpeando la mesa y miradas calculadoras, el dominó se convirtió en otro protagonista: allí se jugaban más que puntos, se jugaban recuerdos, orgullo y tradición.
Los payasos hicieron lo suyo: exageraron gestos, contaron chistes, y lograron lo más difícil, que las carcajadas salieran sin filtro, sin pena, como cuando la vida apenas comenzaba.
Pero más allá de las actividades lúdicas, lo esencial ocurrió en los espacios de diálogo. Allí, entre historias compartidas, miradas cómplices y palabras pausadas, se construyó un ambiente de confianza. Un lugar donde los abuelitos no solo participaron, sino que se sintieron vistos, valorados, importantes.
Porque en cada arruga hay una historia, y en cada historia, una lección.
“Estos espacios son fundamentales para dignificar la vida de nuestros adultos mayores, fortalecer los lazos comunitarios y recordar que su experiencia es un tesoro invaluable para la sociedad”, expresó el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar.
Cuando la jornada terminó, no hubo prisa por irse. Algunos se quedaron conversando, otros riendo bajito, como queriendo alargar el momento. Y es que, por unas horas, en San Cristóbal, el tiempo no pasó… se detuvo a bailar con ellos.
